sábado, 23 de enero de 2010



Nadie pensó tan radicalmente la ruptura del tiempo y del espacio como Walter Benjamin.
Desde la discontinuidad del tiempo, puso en tensión la supuesta armonía y relación estable entre tiempo y espacio. ¿Estética?, nos preguntaríamos, si asumimos la versión armónica, estable y mediadora de la estética, por lo menos, desde Kant, en la versión neokantiana más conservadora. No hay estabilidad, ni armonía, en Benjamin. La experiencia fue destruida por el desastre del tiempo histórico. No hay narrador que pueda “narrar” la experiencia de la destrucción. Pero, tampoco, hay continuidad narrativa, sino discontinuidad, devenir, un ángel “satánico” (caído). “Angelus Novus” tiene sus ojos abiertos y mira con asombro la destrucción como si de una experiencia estética se tratara. “El aura” es la imposibilidad metafísica de lo humano. También, la imposible separación entre crítica y trascendencia. ¿Sólo queda lo sublime sin dinámica ni matemática? El espíritu hegeliano, también, deambula en harapos junto con la representación y la metafísica.
Gordon Matta- Clark, también, actualmente, desde sus exposiciones sin exposición, rompe el espacio, fractura la representación, se ubica en la performativa acción del acontecimiento de lo inmediato, del rayo que alumbra y desaparece en la oscuridad. ¿Performativa o sintomatológica? Derrida duda…
Deshace el espacio, en la heterotopía salvaje de los puentes, los muelles, los barrios periféricos y marginales. Deconstruye el espacio desde el desastre de su imposibilidad de continuidad. Agujerea, escribe, graba, filma, huye, lo persiguen, vuelve, se detiene, avanza, una luz le llega… Se cae como el ángel satánico benjaminiano.

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